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24 Agosto 2006

Michel de Certau - La invención de lo cotidiano

Michel de Certau

La invención de lo cotidiano

I
Artes de hacer

Nueva edición, establecida y presentada por Luce Girad
Traducción de Alejandro Pescador

Capítulo XII
Leer: una cacería furtiva

Detener de una vez por todas el
sentido de las palabras, eso es lo que
quiere el Terror.
Jean-François Lyotard, Rudiments païens

No hace mucho, Alvin Toffler anunciaba el nacimiento de una “nueva especie” humana, engendrada por el consumo artístico de masas. Esta especie en formación, transhumante y voraz entre las praderas de los medios, tendría como rasgo distintivo su “automovilidad” . Volvería al nomadismo de antaño, más para cazar en lo sucesivo en estepas y bosques artificiales.
Este análisis profético sólo se refería sin embargo a la multitud que consume “arte”. Ahora bien, una encuesta de la Secretaría de Estado para asuntos Culturales (París, Francia; diciembre de 1974) muestra hasta qué punto sólo una elite se beneficia de esta producción. Desde 1967 (fecha de una encuesta precedente llevada a cabo por el Institut nacional de la statisque et des études économiques), los fondos públicos invertidos en la creación y el desarrollo de casas de la cultura han reforzado la desigualdad cultural entre franceses. Multiplican los lugares de expresión y de simbolización, pero, en realidad, son las mismas categorías las que se benefician: la cultura, como el dinero, “nada más es para los ricos”. Las mayorías casi no circulan a través de estos jardines del arte. Pero son tonadas y reunidas en las redes de los medios, las de la TV (que captan nueve de cada diez franceses, de los cuales dos leen mucho y, según una encuesta del otoño de 1978, cinco leen más que en otro tiempo), etc. En lugar de un nomadismo, se tendría pues una “reducción2 y un acorralamiento: el consumo, organizado por esta cuadrícula expansionista, semejaría la actividad de borregos, progresivamente inmovilizada y “tratada” gracias a la movilidad creciente de los conquistadores del espacio que son los medios. Fijación de consumidores y circulación de los medios. A las muchedumbres les quedaría solamente la libertad de rumiar la ración de los simulacros que el sistema distribuye a cada uno.
Ésa es precisamente la idea contra la cual me levanto: semejante representación de los consumidores resulta del todo inadmisible.

La ideología de la “información” por medio del libro

En general, esta imagen del “público” no se muestra. Se encuentra, sin embargo, en la pretensión que tienen los “productores” de informar a una población, es de decir de “dar forma” a las prácticas sociales. Las protestas mismas contra la vulgarización/vulgaridad de los medios a menudo son muestra de una pretensión pedagógica análoga; inclinada a creer sus propios modelos culturales necesarios para el pueblo en vista de una educación de los espíritus y de una edificación de corazones, la elite conmovida por el “bajo nivel” de la prensa sensacionalista o de la TV postula siempre que el público está moldeado por los productos que se le imponen. Se equivocan en lo tocante al acto de consumir. Se supone que “asimilar” significa necesariamente “volverse parecido a” lo que se absorbe, y no “hacerlo semejante” a lo que se es, hacerlo suyo, apropiárselo o reapropiárselo. Entre estas dos significaciones posibles, la alternativa se impone, y primero en razón de una historia cuyo horizonte resulta necesario delinear. “Había una vez…”
En el siglo XVIII, la ideología de las Luces quería que el libro fuera capaz de reformar la sociedad, que la vulgarización escolar transformara las costumbres y los hábitos, que una elite tuviera con sus productos, si su difusión cubría el territorio, el poder de remodelar toda la nación. Este mito de la Educación ha inscrito una teoría del consumo en las estructuras de la política cultural. Sin duda, mediante la lógica del desarrollo técnico y económico que ponía en marcha, esta política ha sido conducida hasta el sistema actual que invierte la ideología ayer preocupada de difundir las “Luces”. Los medios de difusión la hacen prevalecer sobre las ideas comunicadas. El medio reemplaza el mensaje. Los procedimientos “pedagógicos” cuya red escolar ha sido el sostén se han desarrollado al punto de abandonar por inútil o de hacer añicos “el cuerpo” docente que los ha perfeccionado durante dos siglos: componen hoy el aparato que, al alcanzar el antiguo sueño de controlar a todos los ciudadanos y a cada uno en particular, destruye poco a poco la finalidad, las convicciones y las instituciones escolares de las Luces. En suma, todo sucede en la Educación como si la forma de su ubicación técnica se hubiera realizado desmesuradamente, al eliminar el contenido mismo que la ha hecho posible y que desde ese momento pierde su utilidad social. Pero a todo lo largo de esta evolución, la idea de una producción de la sociedad por medio de un sistema “escriturario” no ha dejado de tener como corolario la convicción de que son más o menos resistencia, el público se ve moldeado por lo escrito (sea éste verbal o icónico), que se vuelve parecido a lo que escribe, es decir, que está impreso por medio del texto y a semejanza del texto que se le impone.
Ayer, este texto era escolar. Hoy, el texto es la sociedad misma. Tiene reforma urbanística, industria, comercial o televisada. Pero la mutación que ha hecho pasar de la arqueología escolar a la tecnocracia de los medios no ha dejado huella en el postulado de la pasividad propia del consumo: un postulado que, justamente, debe discutirse. La ha reforzado más bien: la implantación masiva de enseñanzas uniformadas ha hecho imposibles o invisibles las relaciones intersubjetivas del aprendizaje tradicional; los técnicos “informadores” se han transformado pues, mediante la sistematización de las empresas, en funcionarios enclaustrados en una especialidad y cada vez más dados a ignorar a los usuarios; la lógica productivista misma, al aislar a los productores, los ha llevado a suponer que no hay creatividad en los consumidores; una ceguera recíproca, generada por el sistema de encuadramiento disciplinario postula todavía un público pasivo, “informado”, tratado, marcado y sin papel histórico.
La eficacia de la producción implica la inercia del consumo. Produce la ideología del consumo-receptáculo. Efecto de una ideología de clase y de una ceguera técnica, esta leyenda es necesaria para el sistema que distingue y privilegia autores, pedagogos, revolucionarios, en una palabra “productores” con relación a los que no son. Al recusar el “consumo” como se ha concebido y (naturalmente) confirmado por medio de estas empresas de “autores”, uno tiene la oportunidad de descubrir una actividad creadora allí donde el consumo ha sido negado, y de relativizar la exorbitante pretensión que tiene una producción real (real pero particular) de hacer la historia al “informar” al conjunto del país.

Una actividad desconocida: la lectura

Respecto al consumo, la lectura sólo es un aspecto parcial, pero fundamental. En una sociedad cada vez más escrita, organizada por el poder de modificar las cosas y de reformar las estructuras a partir de los modelos escriturarios (científicos, económicos, políticos), trasformada poco a poco en “textos” combinados (administrativos, urbanos, industriales, etc), a menudo se puede sustituir el binomio escritura-lectura. El poder que ha instaurado la voluntad (a veces reformista, científica, revolucionaria o pedagógica) de rehacer la historia, gracias a operaciones escriturarias efectuadas primero en espacio cerrado, tiene como corolario, por otra parte, una gran división entre leer y escribir.
“La modernización, la modernidad, es la escritura”, dice François Furet. La generalización de la escritura en efecto ha provocado el reemplazo de la costumbre con la ley abstracta, la sustitución por parte del Estado de las autoridades tradicionales y la descomposición del grupo en provecho del individuo. Además, esta transformación se ha operado bajo la forma de un “mestizaje” entre dos elementos distintos: el escrito y el oral. El reciente estudio de F. Furet y de J. Ozouf ha mostrado de hecho la existencia, en la Francia menos escolarizada, de una vasta semialfabetización, centrada en la lectura, animada por la Iglesias y por las familias, destinada esencialmente a las muchachas”. Sólo la escuela ha unido, pero con una costura que a menudo es todavía muy frágil, estas dos capacidades: leer y escribir. En realidad, ambas han estado separadas por mucho tiempo en el pasado, hasta bien avanzado el siglo XX; hoy la vida adulta de los escolarizados disocia muy rápido, por otra parte, en mucha gente, el “sólo leer” y escribir; también hace falta preguntarse sobre los progresos propios de la lectura ahí mismo donde está casada con la escritura.
Por su lado, las investigaciones consagradas a una psicolengüística de la comprensión distinguen, en la lectura, “el acto léxico” y “el acto escriturar”. Muestran que el niño escolarizado (…)* a su aprendizaje del desciframiento y no gracias a éste: leer el (…) * descifrar las letras corresponden a dos actividades diferentes, aun (…)* se cruzan. Dicho de otra forma, una memoria cultural adquirida mediante el oído, por medio de la tradición oral, permite y enriquece poco a poco las estrategias de investigación semántica cuyo desciframiento de un escrito afirma, precisa o corrige las previsiones. Desde la del niño hasta la del científico, la lectura está dispuesta y es posible gracias a la comunicación oral, “autoridad” innumerable que los textos casi nunca citan. Todo sucede pues como si la construcción de significaciones, que tienen como forma una expectación (esperarse a) o a una anticipación (formular hipótesis) ligada a una transmisión oral, fuera del bloque inicial que el desciframiento de materiales gráficos esculpía progresivamente, invalidaba, verificaba, detallaba para dar lugar a las lecturas. La grafía sólo labra y abre la anticipación.
Pese a los trabajos que exhuman una autonomía de la práctica lectora bajo el imperialismo escriturario, una condición de hecho se ha creado por más de tres siglos de historia. El funcionamiento social y técnico de la cultura contemporánea jerarquiza estas dos actividades. Escribir es producir el texto; leer es recibirlo del prójimo sin marcar su sitio sin rehacerlo. A este respecto, la lectura del catecismo o de las Sagradas Escrituras que el clero recomendaba antaño a madres e hijas, al prohibir la escritura a estas vestales de un texto sagrado intocable, se prolonga hoy la “lectura” de la TV propuesta a los “consumidores” colocados en la posibilidad de trazar su propia escritura sobre la pantalla donde aparece la producción del Otro, de la “cultura”. “El vínculo que existe entre la lectura y la Iglesia” se produce en la relación entre la lectura y la Iglesia de los medios. De esta forma, a la construcción del texto social por parte de los intelectuales, parece corresponder todavía su “recepción” por parte de fieles que deberían contentarse con reproducir los modelos elaborados por manipuladores de lenguaje.
Lo que debe cuestionarse no es, desgraciadamente, esta división del trabajo (sólo resulta demasiado real), sino la asimilación de la lectura a la pasividad. En efecto, lees es peregrinar en un sistema impuesto (el texto, análogo al orden construido de una ciudad o de un supermercado). Análisis recientes muestran que “toda lectura modifica su objeto”, que (Borges ya lo decía) “una literatura difiere de otra menos por el texto que por la forma en que se lee”, y que finalmente un sistema de signos verbales o icónicos es una reserva de formas que esperan sus sentidos del lector. Si entonces “el libro es un efecto (una construcción) del lector, se debe considerar la operación de este último como una especio de lectio, producción propia del “lector”. Este último no pretende ni el sitio del autor ni un sitio de autor; inventa en los textos algo distinto de lo que era su “intención”. Los separa de su origen (perdido o accesorio). Combina sus fragmentos y crea algo que desconoce en el espacio que organiza su capacidad de permitir una pluralidad indefinida de significaciones. Esta actividad “lectora” está reservada al crítico literario (siempre privilegiado por los estudios sobre la lectura), es decir otra vez a una categoría de intelectuales, o ¿pueden extenderse a todo consumo cultural? Esa es la cuestión a la cual la historia, la sociología o la pedagogía escolar deberían aportar elementos de respuesta.
Desgraciadamente, la abundante literatura consagrada a la lectura sólo proporciona precisiones fragmentarias sobre este punto o trata de experiencias eruditas. Las investigaciones se refieren sobre todo a la enseñanza de la lectura. Se aventuran más discretamente por el lado de la historia y de la etnología, por falta de huellas dejadas por una práctica que se desliza a través de todo tipo de “escrituras” todavía mal marcadas (por ejemplo, se “lee” un paisaje como se lee un texto). Más numerosas en sociología, son generalmente de tipo estadístico: calculan las correlaciones entre objetos leídos, pertenencias sociales y lugares de frecuentación más que analizan la operación misma de leer, sus modalidades y su tipología.
Queda el dominio literario, particularmente (…) (Barthes a Riffaterre o Gauss), privilegiado una vez más por la escritura pero altamente especializado: los “escritores” desvían la “alegría de leer” hacia el lado donde ésta se articula con base en un arte de escribir y sobre un placer de releer. Allí sin embargo, antes o después de Barthes, se cuentan vagabundeos teóricos susceptibles de dar cuenta de ella. A pesar de todo, la historia de los pasos del hombre a través de sus propios textos todavía permanece desconocida en gran medida.

El sentido “literal”, producto de una elite social

De los análisis que siguen a la actividad lectora en sus recovecos, desviaciones a través de la página, metamorfosis y anamorfosis del texto por parte del ojo viajero, vuelos imaginarios o meditativos a partir de algunas palabras, encabalgamientos de espacios sobre las superficies militarmente ordenadas de lo escrito, danzas efímeras, se destacan al menos, una primera aproximación, que no sabrá mantener la participación que separa la lectura del texto legible (libro, imagen, etc). Si se trata del periódico o de Proust, el texto sólo tiene significación por sus lectores; cambia con ellos; se ordena según códigos de percepción que se le escapan. Sólo se vuelve texto en su relación con la exterioridad del lector, mediante un juego de implicaciones y de astucias entre dos tipos de “espera” combinados: el que organiza un espacio legible (una literalidad), y el que organiza un camino necesario hacia la efectuación de la obra (una lectura).
Hecho extraño, al principio de esta actividad lectora ya había contado con el planteamiento de Descartes hace más de tres siglos, a propósito de los trabajos contemporáneos sobre la combinatoria y sobre el ejemplo de las “cifras” o textos cifrados: “Y si alguien, para adivinar una cifra escrita con letras ordinarias, cae en la cuenta de leer una B en todas partes donde haya una A y de leer una C en todas partes donde haya una B, y de sustituir de esta forma en el sitio de cada letra la que le siguen en el orden alfabeto, y que, al leerlas de esta forma, encuentra palabras que tengan sentido, no dudará para nada en que esto no sea el verdadero sentido de la cifra que habrá encontrado de tal forma, a pesar de que puede ser quien la ha escrito haya puesto otro (sentido) por completo diferente, a dar otra significación a cada letra…”
La operación codificadora, articulada por medio de significantes, hace el sentido, que no está definido pues por un sedimento, por una “intención”, o por una actividad de autor.
¿De dónde nace entonces la muralla china que circunscribe lo “propio” del texto, que aísla del resto su autonomía semántica, y que hace de ésta el orden secreto de una “obra”? ¿Quién levanta esta barrera que constituye el texto en isla siempre más allá del alcance del lector? Esta ficción condena a los consumidores al ser sometidos, pues ellos siempre han sido culpables de infidelidad o de ignorancia ante la “riqueza” muda del tesoro puesto aparte de esta forma. Esta ficción del “tesoro” oculto de la obra, caja fuerte del sentido, no tiene, evidentemente, como fundamento, la productividad del lector, sino la institución social que sobredetermina su relación con el texto. La lectura está de alguna forma obliterada por una relación de fuerzas (entre maestros y alumnos, o entre productores y consumidores) de la cual se vuelve su instrumento. El uso del libro por parte de los privilegiados lo establece como un secreto del cual estos últimos son los “verdaderos” intérpretes. La lectura plantea entre el texto y sus lectores una frontera para la cual estos intérpretes oficiales entregan sólo pasaportes, al transformar su lectura (legítima; también) en una “literalidad” ortodoxa que reduce a las otras lecturas (igualmente legítimas) a sólo ser heréticas (no “conformes” al sentido del texto) o insignificantes (abandonadas al olvido). Desde este punto de vida, el sentido “literal” es el índice y el efecto de un poder social, el de una elite. De suyo ofrecido a una lectura plural, el texto se convierte en un arma cultural, un coto de caza reservado, el pretexto de una ley que legitima, como “literal”, la interpretación de profesionales y de intelectuales socialmente autorizados.
Además, si la manifestación de las libertades del lector a través del texto puede tolerarse entre intelectuales (hay que ser Barthes para permitírselo), en contraste está prohibida a los alumnos (áspera o hábilmente conducidos [como caballos] (…) o al público (cuidadosamente prevenido de “lo que hay (…) cuyas invenciones se consideran desdeñables reducidas al silencio).
Es pues la jerarquización social que oculta la realidad de la práctica lectora o a la irreconocible. Ayer, la Iglesia, fundadora de una división social entre clérigos y “fieles”, mantenía la Escritura en el estado de “literalidad” supuestamente independiente de sus lectores y, de hecho, guardada por sus exegetas: la autonomía del texto era la reproducción de las relaciones socioculturales en el interior de la institución cuyos encargados fijaban lo que había que leer. Con el repliegue de la institución, aparece entre el texto y sus lectores la reciprocidad indefinida de las “escrituras” producidas por unas lecturas. La creatividad del lector crece a medida que decrece la institución que la controlaba. Este proceso, evidente desde la Reforma, inquietaba ya a los pastores del siglo XVII. Hoy, son los dispositivos sociopolíticos de la escuela, de la prensa o de la TV los que aíslan de sus lectores el texto poseído por el maestro o por el productor. Pero detrás del decorado teatral desde esta nueva ortodoxia, se oculta (como ayer ya era el caso) la actividad silenciosa, transgresora, irónica o poética, de lectores (o televidentes) que conserven su actitud de reserva en privado y sin que lo sepan los “maestros”.
La lectura se situaría entonces en la conjunción de una estratificación social (de relaciones de clase) y de operaciones poéticas (construcción del texto por medio de su practicante): una jerarquización social trabaja para conformar al lector a “la información” distribuida por una elite (semielite); las operaciones lectoras se las ingenian con la primera al insinuar su inventividad en las fallas de una ortodoxia cultural. De estas dos historias, una oculta lo que no se halla conforme a los “maestros” y lo hace invisible para ellos; la otra lo disemina en las redes del ambiente privado. Colaboran ambas para hacer de la lectura una desconocida de donde emerge, por un lado, teatralizada y dominante, la única experiencia docta y, por otro, raros y parcelarios, como burbujas que salen del fondo del agua, los indicios de una poética común.

Un “ejercicio de ubicuidad”, esta “impertinencia ausencia”

La autonomía del lector depende de una transformación de las relaciones sociales que sobredeterminan su relación con los textos. Labor necesaria. Pero esta revolución sería de nuevo el totalitarismo de una elite que pretende ella misma crear conductas diferentes y sustituir con una Educación normativa la precedente, si no pudiera contar con el hecho de que ya existe, multiforme aunque subrepticia o reprimida, otra experiencia además de la pasividad. Una política de la lectura debe pues articularse con base en un análisis que, al describir prácticas desde hace mucho afectivas, las hacen politizables. Destacar algunos aspectos de la operación lectora indica ya cómo escapa a la ley de la información.
“Leo y sueño…Mi lectura sería pues mi impertinente ausencia. ¿La lectura sería un ejercicio de ubicuidad?” Experiencia inicial, incluso iniciática: leer es estar en otra parte, allí donde ellos no están, en otro mundo, es constituir una escena secreta, lugar donde se entra y se sale a voluntad; es crear rincones de sombra y de noche en una existencia sometida a la transparencia tecnocrática y a esta implacable luz que, en Genet, materializa el infierno de enajenación social. Marguerite Duras lo hacía notar: “Tal vez siempre se lee en la oscuridad de la noche. Aun si leemos a pleno sol, afuera, la noche se agolpa en derredor del libro”.
El lector es el productor de jardines que miniaturizan y cotejan un mundo, Robinson de una isla por descubrir, pero “poseído” también por su propio carnaval que introduce el múltiplo y la diferencia en el sistema escrito de una sociedad y de un texto. Autor novelesco, pues. Se desterritorializa, al oscilar en un no lugar entre lo que inventan y lo que altera. Luego, en efecto, como el cazador en el bosque, tiene el escrito a ojo, despista, ríe, da “pasadas”, o bien, como jugador, se deja pillar. Luego pierde ahí las seguridades ficticias de la realidad: sus fugas lo exilian de las certezas que colocan al yo en el tablero social ¿Quién lee en efecto? ¿Soy yo, o qué parte de mí? “No soy yo como una verdad sino yo como la incertidumbre de mí, al leer estos textos de la perdición. Cuanto más leo, cuanto más dejo de comprender, cuánto más esto deja de funcionar”.
Experiencia común, si verdaderamente creo en sus testimonios no cuantificables ni citables, y no solamente letrados. La experiencia también vale para los lectores y lectoras de Nous Deux, de La France agricole o de L`Ami du boucher, cualquiera que sea el grado de vulgarización o de tecnicidad de los espacios atravesados por las Amazonas o los Ulises de la vida cotidiana.
Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, herederos de labriegos de antaño pero sobre l suelo del lenguaje, cavadores de pozos y constructores de casas, los lectores son viajeros: circulan sobre las tierras del prójimo, nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito, que roban los bienes de Egipto para disfrutarlos. La escritura acumula, conserva, resiste el tiempo con el establecimiento de un lugar y multiplica su producción con el expansionismo de la reproducción. La lectura no está garantizada contra el deterioro del tiempo (se olvida de sí misma y se le olvida); no se conserva, o conserva mal, su experiencia, y cada uno de los lugares donde pasa es repetición del paraíso perdido.
En efecto, carece de lugar: Barthes lee a Proust en el texto de Stendhal; el televidente lee el paisaje de su infancia en el reportaje de actualidad. La televidente que dice de la vista la víspera: “Era idiota y sin embargo ahí estaba yo”, ¿qué lugar la cautivaba, qué era y sin embargo no era el que aparecía en la imagen vista? Y así es para el lector: su lugar no está aquí o allá a la vez dentro y fuera, pierde el uno y el otro al mezclarlo, al asociar textos yacentes de los cuales el es el despertador y el huésped, pero nunca el propietaria. Por esto, esquiva la ley de cada texto en particular, lo mismo que la del medio social.

Espacios de juegos y ardides

Para caracterizar esta actividad, se dispone del recurso de varios modelos. Puede considerársela como una forma de “trabajo artesanal” que Lévi-Strauss analiza en “el pensamiento salvaje2, es decir un arreglo hecho con los “medios a su disposición”, una producción “sin relación con un proyecto” y que reajusta “los residuos de construcción y de destrucción anteriores”. Pero contrariamente a los “universos mitológicos” de Lévi-Strauss, si esta producción también arregla unos acontecimientos, no forma un conjunto: es una “mitología” dispersa en la duración, el desgranamiento de un tiempo no recogido, sino diseminado en repeticiones y diferencias de goces, en memorias y conocimientos sucesivos.
Otro modelo: el arte sutil cuya teoría es obra de poetas y de novelistas medievales; todos ellos insinúan la novación en el texto mismo y en los términos de una tradición. Procedimientos refinados infiltran mil diferencias en la escritura autorizada que les sirve de marco, pero sin que su juego obedezca a la coerción de su ley. Estos ardides poéticos, no ligados a la creación de un lugar propio (escrito), se mantienen a través de siglos hasta en la lectura contemporánea, igualmente ágil para practicar las desviaciones y las metamorforizaciones que, en ocasiones, señala apenas un “uf”.
Los estudios que siguieron en Bochum con motivo de una Rezeptionsästhetik (estética de la recepción) y de una Handlungstheorie (teoría de la acción) proporcionan también diversos modelos sobre las relaciones de las tácticas textuales con las “previsiones” e hipótesis sucesivas del receptor que considera el drama (o la novela) como una acción premeditada. Este juego de producciones textuales relativas a lo que las expectativas del lector le hacen producir en el curso de su progreso dentro del relato es presentado, sin duda, con un pesado aparato conceptual; pero introduce danzas entre los lectores y los textos ahí donde, teatro desolador, una doctrina ortodoxa había plantado la estatua de “la obra” rodeada de consumidores conformes e ignorantes.
A través de estas investigaciones y de muchas otras, esto se orienta hacia una lectura que ya no caracteriza solamente un “impertinente ausencia”, sino avances y retrocesos, tácticas y juegos con el texto. Lectura que va y viene, a veces captada (pero ¿por medio de qué, lo que se despierta a la vez en el lector y en el texto?), juguetona, impugnadora, fugitiva.
Habría que volver a encontrar sus movimientos en el cuerpo mismo, aparentemente dócil y silencioso, que la imita a su modo: los retiros en todo tipo de “gabinetes” de lectura liberan gestos inconscientes, refunfuños, tics, modos de tenderse y rotaciones, ruidos insólitos, en fin, una orquestación salvaje del cuerpo. Mas por otra parte, en su nivel más elemental, la lectura se ha convertido desde hace tres siglos en una acción del ojo. Ya no está acompañada, como anteriormente, por el rumor de una articulación vocal ni por el movimiento de una manducación muscular. Leer sin pronunciar en voz alta o media voz es una experiencia “moderna”, desconocida durante miles de años. En otro tiempo, el lector interiorizaba el texto; hacía de su voz el cuerpo del otro; era su actor. Hoy, el texto ya no impone su ritmo al sujeto, ya no se manifiesta por medio de la voz del lector. Este retiro del cuerpo, condición de su autonomía, es un distanciamiento del texto. Es el habeas corpus para el lector.
Debido a que el cuerpo se retira del texto para únicamente comprometer una movilidad del ojo, la configuración geográfica del texto organiza cada vez menos la actividad del lector. La lectura se libera del suelo que la determinaba. Se le separa. La autonomía del ojo suspende las complicidades del cuerpo con el texto; lo desliga del lugar escriturario; hace del escrito un objeto y aumenta las posibilidades que tiene el sujeto para circular. Un indicio: los métodos de lectura rápida. Igual que el avión permite una independencia creciente con relación a las limitaciones ejercidas por la organización del suelo, las técnicas de lectura rápida obtienen, por medio del enrarecimiento de los reposos del ojo, una aceleración de las travesías, una autonomía con relación a las determinaciones del texto y una multiplicación de los espacios recorridos. Emancipado de los lugares, el cuerpo lector tiene más libertad de movimiento. Señala así la capacidad que tiene cada sujeto para convertir el texto mediante la lectura y de “quemarlo”, como se queman las etapas.
Al hace la apología de la impertinencia del lector olvido muchos aspectos. Barthes distinguía ya tres tipos de lectura: la que se detiene en el placer de las palabras, la que corre hacia el fin y “desfallece de tanto esperar”, la que cultiva el deseo de escribir. Lecturas de tipo erótico, cazador o iniciático. Hay otras, en el sueño, el combate, el autodidactismo, etc, que no pueden discutirse aquí. De todas maneras, su autonomía acrecentada no preserva al lector, pues es precisamente sobre su imaginación donde se extiende el poder de los medios, es decir sobre todo lo que el lector deja aparecer de si mismo, en los hilos del texto: sus miedos, sus sueños, sus autoridades fantasmas y faltantes. Sobre este asunto se mueven los poderes que hacen de unas cifras y unos “hechos” una retórica que tiene por blanco esta intimidad liberada.
Pero allí donde el aparato científico (el nuestro) llega a compartir la ilusión de los poderes con los que necesariamente se solidariza, es decir, allí donde llega a suponer a las multitudes transformadas por las conquistas y las victorias de una producción expansionista, siempre es bueno recordar que a la gente no debe juzgársela idiota.

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